“He vuelto a vivir”: el juego problemático en la tercera edad

Ángel Cabezas pasó 53 años jugando a la lotería antes de conseguir dejarlo a los 72. Hoy tiene 81, lleva ocho años y medio rehabilitado y coordina terapias de grupo en APAL. Su historia refleja una forma de juego problemático menos visible, ligada a hábitos mantenidos durante décadas.
Manos de un hombre mayor con décimos de lotería junto a una taza de café

53 años jugando antes de pedir ayuda

El juego acompañó a Ángel durante buena parte de su vida adulta. Jugaba a la lotería desde hacía décadas y no consiguió dejarlo hasta los 72. Fue su familia la que terminó animándole a buscar ayuda.

Cuando llegó a APAL, la Asociación para la Prevención y Ayuda al Ludópata, lo hizo con pocas expectativas. Allí encontró a otras personas de su edad que habían conseguido dejar de jugar.

Hoy lleva seis años colaborando como monitor y coordinando terapias de grupo. Cuando habla de su recuperación, lo resume con una frase: “he vuelto a vivir”.

Su caso permite mirar hacia una realidad menos visible cuando se habla de ludopatía. Entre las personas mayores, el problema puede permanecer durante años detrás de hábitos muy asentados y hacerse evidente cuando empieza a afectar al dinero, a las relaciones o a la vida cotidiana.

La lotería forma parte de la rutina de muchos mayores

Comprar un décimo, participar en un sorteo o jugar de forma ocasional no significa que exista un trastorno. La situación cambia cuando se pierde el control sobre el juego y este comienza a interferir en otras áreas de la vida.

Los datos específicos sobre la población mayor son limitados. El estudio ESDAM 2019/2020, realizado entre personas de 65 años o más, estimó que el 68,3% había jugado dinero de forma presencial durante el último año y que el 2,4% lo había hecho online.

El mismo estudio estimó que un 1,3% presentaba indicios compatibles con juego problemático o posible trastorno por juego. Esta clasificación no equivale a un diagnóstico clínico, pero sí ofrece una referencia sobre una realidad para la que todavía existen pocos datos específicos en personas mayores.

La lotería convencional era la modalidad presencial más extendida entre las personas mayores. Una conducta mantenida durante años puede seguir pareciendo una costumbre incluso cuando aumenta el gasto, la frecuencia o la preocupación por recuperar el dinero perdido.

Un problema que puede pasar años oculto

Juan Lamas Alonso, director técnico de FEJAR, señala que entre las personas mayores que llegan a tratamiento aparece con frecuencia el perfil de un hombre de entre 60 y 72 años, con más de siete años jugando y preferencia por las máquinas tragaperras.

No todas las personas llegan convencidas de que necesitan ayuda. Algunas muestran poca motivación para iniciar el tratamiento o sienten que, después de tantos años, cambiar ya es difícil. La jubilación, un duelo, una enfermedad, una separación o la soledad también pueden coincidir con esta etapa.

El componente económico puede retrasar la detección. Una persona que ha trabajado durante décadas puede disponer de ahorros o patrimonio y mantener las pérdidas durante más tiempo sin que su entorno perciba inmediatamente lo que ocurre.

Qué señales pueden llamar la atención

Los primeros indicios no siempre son llamativos. A veces aparecen como cambios en la forma de manejar el dinero: pagos retrasados, deudas inesperadas o gastos que la persona evita explicar.

También puede surgir una preocupación por recuperar lo perdido, irritabilidad cuando no es posible jugar, mentiras sobre el dinero o abandono de actividades y relaciones. FEJAR incluye estos comportamientos entre las señales que pueden aparecer cuando existe una relación problemática con el juego.

Ninguna de estas señales permite diagnosticar por sí sola un trastorno. Cuando se repiten y el juego empieza a condicionar la economía, las relaciones o las rutinas, conviene solicitar ayuda profesional.

La atención primaria y las asociaciones especializadas pueden orientar a la persona afectada y a su familia. Las medidas de autoexclusión pueden ayudar a limitar el acceso al juego, aunque no sustituyen el tratamiento cuando existe un problema.

Ángel necesitó 53 años para dejar de jugar. Ahora acompaña a otras personas que están intentando hacer lo mismo. Su historia muestra que pedir ayuda sigue siendo posible incluso cuando el problema lleva décadas formando parte de la vida cotidiana.

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